Cien Colibries
San Miguel de Allende · The Agency
- 6 recámaras
- 10.5 baños
- 1,128 m² + 7,000 m² construidos + terreno
- $2,950,000 USD
Veinticuatro puertas y el jardín al otro lado
Una casa de adobe que se acomodó entre mezquites, detrás de un arroyo y que nunca le da la espalda al jardín. La recorrimos despacio.
Se llega cruzando un puente. Del otro lado esperan dos mezquites que aparecieron el día en que una máquina limpiaba el terreno. Ese mismo día decidieron dónde estaría la entrada. Desde entonces, en Cien Colibríes todo se ha puesto donde la tierra lo pidió.
Cuando se empezó a construir, desde aquí se veía la presa y todos daban por hecho que la casa tendría ventanales hacia el atardecer. No los tiene. Tiene veinticuatro puertas-ventana y, desde cada una, la mirada termina en un patio, un árbol o el jardín. Nunca en una pared.
Detrás del arroyo
Por el frente baja un arroyo seco desde la parte alta. Muchas casas de la zona se levantaron encima de uno así; esta se puso detrás, a salvo de su paso. Cuando llueve, el arroyo llena el estanque y luego sigue su camino hasta la presa.
Los muros son de adobe de la región, gruesos, del color del campo. Adentro, concreto pulido con el pigmento integrado: no hay nada que pintar ni que retocar. El color es parte del muro y, con los años, solo se asienta.
Tres alas y un corredor de sol
La casa se reparte en tres alas: la social, la cotidiana y la privada. Las une una nave larga de ladrillo en espiga que recibe el sol en invierno y en verano. Al fondo, una ventana redonda que, a media tarde, parece una luna encendida.
El ala social es para recibir: un salón-galería donde ha habido ópera, presentaciones de libros y muchas otras historias.
En la estancia y el comedor, las vigas sostienen losetas pintadas a mano a partir de diseños de sus dueños. En la estancia vuelan colibríes de distintos colores; en el comedor, golondrinas en negro y dorado. Antes de colocarlas, las sumergieron en agua teñida con anilina café para quitarles lo nuevo y dejarles algo del tiempo.
El ala privada es la más callada. Aquí la casa se recoge. La recámara se abre al jardín y la vida también se mueve hacia afuera: un patio privado, una tina de cantera y una regadera bajo el cielo. Adentro, dos chimeneas acompañan los espacios donde todo sucede más despacio.
Una cocina que trabaja
Bajo el techo de bóveda, los azulejos con colibríes que el maestro Gorky González hizo especialmente para la casa conviven con cubiertas de concreto sellado y una isla que baja a la altura de una silla de ruedas. Aquí, hasta el diseño parte de una idea sencilla: que nadie se quede fuera.
Y esta cocina trabaja de verdad. De aquí salen las preparaciones para cenas y celebraciones que reúnen a decenas de invitados alrededor de la casa. No fue pensada para exhibirse, sino para usarse.
“Aquí nadie quiso domar el campo. Se le hizo espacio, y el campo se quedó a vivir.”
Una casa de pajareros
Las aves aparecen por toda la casa: pintadas en los techos, entre los azulejos y hasta en las jaulas que cuelgan como adorno. Las jaulas están vacías; los pájaros prefieren el jardín, donde entran y salen sin pedir permiso.
En el jardín no hacen falta pesticidas. Entre las plantas andan gallinas, pavorreales y gallinas de Guinea, haciendo su parte. El romero crece libre por todo el jardín y termina, muchas veces, perfumando lo que se prepara en la cocina.
Los senderos siguen la pendiente; los escalones y las bancas aparecen donde el terreno los pidió. Nada de esto estaba aquí. El jardín llegó poco a poco y fue creciendo con la casa.
Una casa que da de comer
Aquí el jardín no es solo paisaje. También llega a la mesa.
El huerto lleva catorce años creciendo junto al invernadero y el gallinero. Entre sus árboles maduran limones, limas, toronjas, mandarinas y granadas; al frente, más de trescientos nopales cambian con la temporada entre nopalitos y tunas.
Y después está el agua. Cuando el arroyo corre, llega hasta el estanque y se queda un rato entre nenúfares mexicanos y tropicales, con unos treinta kois moviéndose debajo. Un humedal la filtra y la oxigena antes de que siga su curso.
Para quedarse y para recibir
En Cien Colibríes siempre parece haber lugar para alguien más. La casa se extiende entre corredores y portales de teja, abriendo pequeños espacios de intimidad entre un ala y otra. Los invitados pueden quedarse cerca o desaparecer un poco; tener su propia cocina, entrar y salir sin atravesar la casa, despertar mirando al jardín.
Tal vez por eso, incluso cuando está llena, Cien Colibríes conserva algo de silencio. Aquí recibir nunca ha significado estar todos en el mismo lugar.
Pero es cuando llega gente que la casa cambia de ritmo.
Bajo el kiosco cubierto de enredaderas han pasado cenas que se alargan alrededor de la mesa. Más allá, la plaza de ladrillo ha visto fiestas, música, conversaciones y noches que terminan mucho después de lo planeado.
Y aun llena, la casa nunca pierde del todo el silencio.
Una casa como Cien Colibríes tiene una historia que contar. Quien la haga suya encontrará las huellas de quienes le dieron vida y, con el tiempo, dejará también las propias. Alfredo y Jim nos cuentan dónde comenzó todo.
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Datos de la casa
- Operación
- For Sale
- Recámaras
- 6
- Baños
- 10.5
- Construcción
- 1,128 m²
- Terreno
- 7,000 m²

La casa que empezó en el aire
Alfredo y Jim llevan treinta y cinco años compartiendo la vida; veintiocho de ellos, en San Miguel de Allende. Cuando llegaron a Cien Colibríes pensaron que sería para siempre. Hoy comienzan a dibujar un nuevo capítulo y, antes de hacerlo, volvemos con ellos al primero: cuando Cien Colibríes todavía era solo una idea.
Jael
Advisor
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Propiedad: Cien Colibries
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