La casa que empezó en el aire
Alfredo & Jim y la casa que dibujaron juntos.
Alfredo y Jim llevan treinta y cinco años compartiendo la vida; veintiocho de ellos, en San Miguel de Allende. Cuando llegaron a Cien Colibríes pensaron que sería para siempre. Hoy comienzan a dibujar un nuevo capítulo y, antes de hacerlo, volvemos con ellos al primero: cuando Cien Colibríes todavía era solo una idea.
Y empezó en un avión. En cada viaje, Alfredo y Jim elegían asientos separados por el pasillo. Entre los dos iba y venía una servilleta de cóctel: uno dibujaba, el otro sumaba algo y la devolvía. Así, a miles de metros de altura, Cien Colibríes empezó a tomar forma.
Después vino el terreno. Pastizal, mezquites y algunos nopales que llevaban ahí mucho antes que ellos. Durante los primeros dos años, no plantaron nada. Antes de decidir qué hacer con él, quisieron entenderlo. Se dieron tiempo para observarlo: por dónde corrían los perros, por dónde bajaba el agua, cómo cambiaba con las estaciones. Antes de intervenirlo, quisieron entender su propio ritmo. Los niveles, las escaleras y los lugares para sentarse llegaron después.
Esa forma de mirar sigue estando en todo lo que hacen: entender lo que ya está ahí antes de decidir qué cambiar. Con la naturaleza, nunca han buscado imponerse, sino aprender a convivir con ella y cuidarla. Una sensibilidad que Alfredo comparte también desde su lugar en el Consejo del Charco del Ingenio. Por eso hay cosas que simplemente dejan ser y cuando florecen los mezquites, se sientan debajo. No hace falta ver a las abejas: se escuchan miles trabajando.
Esa misma manera de observar fue definiendo la casa. Cuando construían Cien Colibríes, todos suponían que la orientarían hacia la presa y llenarían los muros de ventanales para mirar el atardecer. Alfredo y Jim decidieron mirar hacia adentro, hacia el jardín. “Si queremos ver el atardecer, salimos.” Quizá esa frase explica más de la casa que cualquier plano.


Las aves también estaban mucho antes que Cien Colibríes. Alfredo y Jim comparten desde siempre esa fascinación y llevan alrededor de treinta años diseñando bebederos para colibríes. Con el tiempo, esa misma historia terminó encontrando su lugar dentro de la casa: las golondrinas y los colibríes que aparecen pintados en los techos salieron de sus propias manos.
No llegaron como decoración. Ya eran parte de ellos.
Los colibríes, sobre todo, han terminado acompañándolos mucho más allá del jardín. De observarlos aprendieron sus ritmos, las flores que buscan, la manera en que se acercan al agua y esa velocidad imposible que, por un instante, se detiene frente a un bebedero.
Camino Silvestre también forma parte de esa vida. Su tienda en San Miguel reúne muchas de las cosas que Alfredo y Jim han ido encontrando, diseñando y haciendo suyas con los años. Ahí también están los bebederos que llevan décadas imaginando y perfeccionando.
Porque para ellos observar a los pájaros nunca ha sido solamente mirarlos. Es aprender qué necesitan para quedarse cerca y después hacerles un poco de espacio.
En Cien Colibríes, ese espacio está en todas partes.

Aguamiel
Hay otra palabra que Alfredo y Jim usan para explicar su vida aquí: Aguamiel.
Cultivar lo que comen forma parte de ella. Llevan trece o catorce años siendo veganos y el huerto prácticamente ha crecido junto con esa decisión. Pero alrededor de la comida hay algo más que se repite desde mucho antes de Cien Colibríes.
“En todas nuestras casas la gente termina en la cocina”, dice Jim. “Esta la pensé para que funcionara igual para cuatro que para sesenta.”
Y así ha sido. Hace un par de años comenzaron a abrir Cien Colibríes para comidas. Primero una vez al mes, después cada dos semanas. El menú nunca se repite y hay más de cuatrocientas personas esperando un lugar alrededor de la mesa.
Jim también cultiva cada año hierbas difíciles de encontrar en San Miguel y reparte las plantas entre cientos de personas. En Cien Colibríes, cultivar y cocinar casi siempre terminan en lo mismo: compartir.


El estanque guarda otra parte de esa vida. Antes de los nenúfares y los kois, fue una poza para nadar. Pasaban tardes enteras dentro del agua. Durante la pandemia se convirtió en su oasis. Comían ahí todos los días y podían quedarse durante horas mirando qué aves llegaban.
Durante años, Cien Colibríes ha estado llena de amigos, y lo sigue estando. Hay quienes se quedan unos días, comidas que se alargan, voces en la cocina hasta tarde. Con el tiempo, Alfredo y Jim entendieron que una casa tan abierta también necesitaba un lugar donde recogerse. Así nació el ala privada: un patio propio, una puerta que se cierra y, del otro lado, el mismo jardín.
Quizá ahí está algo de lo que han aprendido después de tantos años de vivir y recibir aquí: que estar juntos no significa estar siempre en el mismo lugar. Cien Colibríes ha sabido hacer lugar para ambas cosas —para las mesas llenas y las mañanas en silencio, para las puertas abiertas y las que se cierran por un rato, para compartir y también desaparecer un poco—. Porque recibir también es saber cuándo dejar al otro estar. “Cerrar esa puerta nos dio espacio a nosotros, y también a todos los demás.”

Nunca se termina del todo
Cien Colibríes empezó con Alfredo y Jim pasándose una servilleta de un lado al otro del pasillo de un avión. Uno dibujaba algo y dejaba espacio para que el otro continuara. Tal vez esa sea una de las cosas más bonitas de una casa: nunca se termina de dibujar del todo.
