Alex Lazard
Pintar sin idea previa.
Alex Lazard nos abrió las puertas de su estudio en San Miguel de Allende, entre lienzos apilados, pinceles cubiertos de pintura y un piso que cuenta la historia de cada cuadro. Esta es una conversación sobre improvisar, soltar y crear desde cero.
Durante toda la conversación, Alex Lazard no deja de dibujar.
Habla mientras el lápiz se mueve sobre el cuaderno. Una hoja, luego otra. Cuando se detiene, sus dedos golpean la mesa como si todavía estuviera frente a una batería. La música fue parte de su camino hacia la pintura, y algo de ese ritmo permanece en su manera de crear: improvisar, dejarse llevar por lo que aparece y no saber de antemano cómo va a terminar.
Lleva quince años pintando sin bocetos. Empieza con una forma, sigue con otra y deja que el cuadro tome su propio camino. A veces pasa un día entero trabajando sobre una pieza para cubrirla al siguiente. Debajo de muchas de sus pinturas hay otras que nunca veremos.
En su estudio, el piso está salpicado de colores. La paleta es una loma de óleo verde, rojo y naranja. Los cantos de los lienzos guardan capas de pintura endurecida. Trabaja principalmente con óleo. La superficie acumula las decisiones, los errores y los cambios de dirección que forman parte de su proceso.
“No es tan bonito ni tan apasionante como se ve”, dice. “Es una carrera difícil.”


Hay días de frustración, horas en las que nada funciona. Y otros en los que algo cambia: deja de pensar en cada movimiento y aparece una sensación que le cuesta poner en palabras.
Esa relación con lo que no puede explicarse viene de lejos. Su mamá era psicóloga y en su casa había máscaras, figuras y cuadros de arquetipos relacionados con el psicoanálisis. Alex creció mirando aquellas imágenes sin saber cuánto iban a permanecer con él.
“Creo que de una manera inconsciente se me fue impregnando”, recuerda. “Esa parte más mágica del arte. Porque para mí el arte no es racional.”
Sus cuadros están habitados por rostros de frente y de perfil, cuerpos en ocasiones alargados, manos abiertas y animales que parecen venir de un sueño. A veces, las figuras tienen más ojos de los necesarios. Lo cotidiano convive con algo extraño, espiritual, difícil de nombrar. No es necesario encontrarle una explicación para detenerse a mirar.
Tampoco cree que el artista deba ofrecerla.

"Llegas a un estado en el que desapareces. Pintas cosas que vienen del inconsciente, como si fueras nada más un instrumento.”
La libertad que busca en la pintura no significa que haya dejado de aprender. Su primer maestro de dibujo fue Gilberto Aceves Navarro, quien animaba a sus alumnos a romper con las reglas, las modas y hasta con lo que él mismo les enseñaba. Después estudió con Guillermo Guerrero en el Instituto Allende y continuó su formación en México y Europa. Aprender fue también una manera de descubrir de qué necesitaba desprenderse.
En ese camino hubo alguien que le abrió una puerta importante: Isabelle Serrano. En 2016, con ella, tuvo su primera exposición individual en la Ciudad de México. Es la que recuerda con más gratitud, no por lo que significó en su trayectoria, sino porque fue la primera oportunidad. Desde entonces ha expuesto en México y Madrid, aunque conserva cierta inconformidad con cada muestra. “Siempre siento que la siguiente va a ser la buena.”
Quizá por eso, cuando habla de los artistas que admira, no comienza por sus técnicas. Menciona a Francis Bacon, Jean Michel Basquiat, los expresionistas alemanes y los artistas oaxaqueños. Lo que recuerda de ellos es lo que le hicieron sentir.

Hoy Alex ha vuelto a San Miguel de Allende, donde alguna vez fue estudiante. Su obra se encuentra en Galería Potosí, dentro de Fábrica La Aurora. Le interesa la relación que existe aquí entre la pintura y quienes la buscan, pero también lo que ocurre después de que una obra sale de la galería.
Para él, un cuadro se completa cuando alguien se lo lleva a casa. No necesita que esa persona entienda lo mismo que él quiso expresar. Le gusta pensar que la pintura encontrará otro significado al convivir con alguien, entre sus objetos y recuerdos, hasta volverse parte de su vida cotidiana.
Mientras tanto, Alex sigue dibujando para sí mismo. El cuaderno que lleva durante la conversación no está destinado a una exposición ni a las redes sociales. Son garabatos, una forma de tocar tierra. Dibujar, dice, es como tener un brazo extra.
Si hay algo que quisiera que se reconociera en su obra es la valentía de empezar sin saber qué va a aparecer. De niños todos dibujábamos, hacíamos música y bailábamos sin pedir permiso ni buscar explicaciones. Con el tiempo, casi todos dejamos de hacerlo.
Él no.

“Me gustaría que vieran en mi obra la valentía que hay detrás de crear desde cero.”Alex Lazard
