El Arte de Mirar Dos Veces
Don & Ruben y la casa que supieron ver más allá de sus imperfecciones.
“A veces sentimos que somos artistas y que las paredes son nuestro lienzo.”
La primera vez que vimos Hacienda Amor, no estábamos buscando una casa.
Llevaba años entrando y saliendo del mercado. Para algunos era demasiado grande; para otros, estaba demasiado lejos del centro. La vegetación había crecido hasta casi ocultar la casa, cada muro era de un color distinto y los muebles no ayudaban. A primera vista, era difícil apreciar lo que tenía. Pero había algo en aquella casa que nos hizo mirar dos veces.
Acabábamos de decidir vivir en México de tiempo completo y no estábamos buscando mudarnos, mucho menos salir del centro. Nos enamoramos de la casa y de lo que podía ser.
Siempre hemos preferido las casas sin remodelar. No hay nada peor que pagar precio completo por una casa mal remodelada. Hacienda Amor estaba prácticamente como la habían dejado, y el proyecto terminó siendo mucho más grande de lo que imaginábamos: año y medio de trabajo, por dentro y por fuera. Pero mientras avanzábamos, la casa empezó a devolvernos cosas.
Treinta cajas de su azulejo original en un sótano. Pilas de barro de Saltillo detrás de la cochera. Y en el garaje, seis sillas ejecutivas de Afra y Tobia Scarpa, precisamente dos de los diseñadores que coleccionamos.
Ahí pensamos: esta casa era para nosotros.


La Cacería
Casi nada aquí lo compramos nuevo. Lo nuestro siempre ha sido buscar.
Tianguis, tiendas de segunda mano, ventas de casa. Cuando vivíamos en Los Ángeles, cada domingo podía ser otro mercado de pulgas. Nos gusta el diseño italiano de los setenta: Mario Bellini, Joe Colombo, los Scarpa y los sofás Maralunga. Mucho antes de que todo aquello volviera a estar de moda. Un sofá Soriana de los Scarpa lo vimos una vez en un open house. Preguntamos si lo vendían. La dueña era italiana y lo había comprado en Nápoles a principios de los setenta. Nos lo llevamos.
La credenza de Paul Evans llegó de otra manera. Era parte de una casa que compramos en Rancho Mirage: cromo facetado, acero y todavía su recibo original. Desde entonces ha viajado con nosotros de casa en casa.
"Si solo pudiéramos llevarnos un mueble, sería ese".
Con el arte pasa algo parecido, aunque nuestra regla es mucho menos seria: no coleccionamos lo que le gusta a todo el mundo. Coleccionamos lo que nos hace reír.
Casi siempre es figurativo, extraño, con mucha personalidad. Tenemos dos pinturas de Margot Bergman, que pintaba sobre cuadros encontrados en mercados de pulgas y dejaba partes del original asomándose. Uno de los nuestros es un retrato de Dolly Parton.

"No coleccionamos lo que le gusta a todo el mundo. Coleccionamos lo que nos hace reír".Don & Ruben
Desde que llegamos a San Miguel, la colección siguió creciendo: una gran cara de alambre de Pablo y David, piezas de Alex Lazard, una obra de Lucas Rise, los tejidos de nuestra amiga Patricia Robles, una escultura de Edward Swift y piezas de Melissa Cobb.
También hay tres cerámicas que parecen haber salido del fondo del mar. Del desierto de California llegaron obras de amigos que han estado con nosotros durante años. Un John Baldessari comparte espacio con pinturas de la hija de Don.
Y nada se queda quieto.
Una obra puede estar en una pared esta semana y en otra dos semanas después. El sofá de la sala es modular. Un día Don llegó a casa y Rubén había cambiado todo.
Algunas cosas no las encontramos. Las hicimos.
Don armó el mosaico de la entrada inspirado en una pintura de Rufino Tamayo, utilizando azulejo amarillo y piezas que habían quedado de aquellas cajas encontradas en el sótano. Nuestra amiga Barry nos convenció de quitar las lámparas de la sala. Todas. Dejar solo una en el comedor y permitir que el techo recuperara su protagonismo. La lámpara la hizo Casamidy con hojas de filodendro cortadas. Ahora es la que todos voltean a ver.



La Vida Alrededor
Los fines de semana son nuestros días favoritos. Seguimos trabajando, pero la casa se queda solo para nosotros. No viene el jardinero ni quien ayude en la casa. Estamos los dos, nuestros tres perros rescatados del Centro de Control Canino y Teo, el gato que vive en la azotea y baja a desayunar con nosotros todos los días.
Por las mañanas, cuando abrimos la puerta para sacar a los perros, el jardín huele a salvia, romero, lavanda y azahar. A Teo lo dejamos desayunar tranquilo mientras los perros salen. Les encanta aterrorizarlo.
Y luego está la luz. Don dedicó su vida a la fotografía, pero todavía hay mañanas en que la luz de San Miguel consigue sorprenderlo. El antiguo edificio de piedra es ahora nuestro estudio, mitad cerámica, mitad fotografía.
También le gusta cuidar el huerto. Hay flores de corte, pero sobre todo jitomates. Porque para él, pocas cosas se comparan con un buen jitomate.
Y después hay días en que Hacienda Amor hace exactamente lo contrario y se llena. Una noche quitamos todos los muebles de la sala y pusimos mesas para noventa personas. Era la cena de donantes del Writers’ Conference. Margaret Atwood, John Irving y Ruth Reichl terminaron sentados en nuestra sala. Y la casa parecía hecha para eso.
"Quizá eso es lo que más nos gusta de vivir aquí. Hacienda Amor nunca nos ha pedido escoger entre una cosa y la otra".

Aquí nada tiene que quedarse exactamente donde estaba.
Puede haber noventa personas en la sala y, unos días después, solo nosotros dos desayunando mientras Teo baja de la azotea. Un Baldessari puede compartir espacio con los jitomates que crecen en el jardín. Y un sofá italiano de los setenta puede cambiar de lugar simplemente porque Rubén así lo decidió esa mañana. Tal vez por eso seguimos mirando la casa con los mismos ojos de aquella segunda visita. Porque todavía encontramos nuevas maneras de disfrutarla.
