Casa Dos Gatos
San Miguel de Allende · The Agency
- 3 recámaras
- 4.5 baños
- 434 m² + 708 m² construidos + terreno
- $1,125,000 USD
El jardín detrás del muro.
Una casa contemporánea en Balcones que sube hacia la luz y se abre a un jardín silvestre más grande que la propia casa. A unos pasos de El Charco del Ingenio.
Hay casas que se eligen por sus vistas. Casa Dos Gatos se eligió por dos gatos.
Durante diez veranos, Deborah Chu vino a San Miguel de Allende. Cada vez rentaba una casa distinta, en una colonia diferente. Y cada vez que se iba, sentía que todavía le faltaba tiempo.
Cuando por fin se mudó, pensó que quería una casa colonial en el Centro. Pero allí los muros eran altos, la calle llegaba hasta la puerta y sus dos gatos no tenían a dónde ir. Lo que buscaba era el campo. Un campo lo bastante cerca para llegar caminando al centro.
Había visto unas veinte casas. Entró a esta y lo supo.
Se entra por la cochera. Una escalera angosta sube entre muros pintados en tonos oscuros. Tiene algo de dramática, un poco misteriosa. “Una casa sexy”, dice Deborah, y lo dice en serio. Al llegar a la estancia principal, el techo se eleva y la luz entra de golpe.
Felipe Arguelles diseñó y construyó la casa para su propia familia. Aquí nació su hija y aquí dio sus primeros pasos. Su atención al detalle se descubre poco a poco, en cosas que quizá no notas a primera vista. La arquitectura es limpia, casi austera, con muy pocos adornos. Pero un día abres un cajón o deslizas una puerta y apenas escuchas un sonido. Entonces entiendes que Felipe pensó en todo.
Cada mañana empieza igual. Las puertas de cristal de la estancia, que van del piso al techo, se deslizan hasta desaparecer dentro de los muros, y la casa se abre hacia la terraza y su cocina exterior. Después, las puertas del jardín. Luego las ventanas. Y solo entonces, el café. Afuera.
Porque la verdadera sorpresa de Casa Dos Gatos está detrás.
“Aunque no lo busques, lo sientes de todas formas”
La casa ocupa un terreno estrecho y crece hacia arriba: tres niveles y una terraza en la azotea. Adentro, los espacios te envuelven. La casa te lleva hacia adelante y después hacia arriba. Nada te prepara para lo que vas a encontrar en la parte de atrás.
Aquel terreno estaba oculto tras un muro alto con pequeñas ventanas. Se encontraba a un nivel más elevado que la casa y era casi imposible imaginarlo como parte de ella. Deborah trabajó durante ocho meses con Floresta para unir ambos espacios. Hoy es un jardín amurallado de 500 metros cuadrados, más grande que la propia casa.
La inspiración fue El Charco del Ingenio, el jardín botánico que está a unos minutos caminando. Deborah les mandó miles de fotos: los senderos, las bancas hechas con troncos caídos. Nada de muebles, construcciones, o alberca. Plantas nativas, creciendo a su aire.
Hubo algunas reglas, todas por los gatos. No quería árboles junto a los muros, para que no pudieran escaparse trepando. Un pequeño espacio de pasto para jugar y, a un lado, un huerto. El día que por fin se abrieron las puertas, uno de los gatos corrió directo hacia la única roca del jardín, saltó al muro y desapareció. Después de ocho meses de trabajo, Deborah solo reía. Es un animal salvaje, pensó. Está bien. Y así fue como la casa recibió su nombre.
Ese espacio también se volvió su lugar. Cuando empieza a caer la tarde, Deborah se quita los zapatos y se recuesta sobre él. A veces llegan amigos, alguien enciende una fogata y nadie quiere irse a otro lado.
Alrededor de las cuatro de la tarde, el sol entra por el frente de la casa y todo se vuelve dorado. La luz recorre los muros y la madera, y más tarde se fragmenta en cuadrados de sombra que se mueven lentamente por las habitaciones. La casa cambia a lo largo del día. Nunca se ve exactamente igual. Arriba, la recámara mira hacia el terreno de al lado, donde un pequeño rebaño de ovejas y algunos caballos bajan a pastar. Hay un asiento junto a la ventana para mirarlos. Cerca, una sala de televisión puede convertirse en una segunda recámara al cerrar sus puertas corredizas. A un lado está el librero empotrado que Felipe dejó vacío.
Deborah es escritora y su vida son los libros. Durante tres años fue llenando aquel librero, libro a libro. Muchos los encontró en la Biblioteca, donde los de segunda mano cuestan cuarenta pesos. Y entre esos libros descubrió algo más de San Miguel: aquí hay gente que lee cosas muy interesantes. Al final del día, la luz que entra desde la recámara alcanza las repisas y toda la pared se ilumina.
“Miré aquel librero vacío y pensé: bueno, acepto el reto.”
En uno de los muros cuelga una pieza de una tejedora de San Miguel, hecha con la fibra que antiguamente se utilizaba para hacer escobas. Deborah se la encargó especialmente para la casa. Hablaron de geometría sagrada y de lo femenino, y fue la propia artista quien eligió dónde colocarla. En el interior, algunas piezas de Namuh aportan su propia textura a los espacios.
En lo más alto, la terraza de la azotea se abre hacia la ciudad. Hay un fogatero y espacio para sentarse a comer. Los paneles solares forman parte de una casa diseñada para aprovechar la luz natural y el aire que circula por sus distintos niveles. La cochera de 83 m² alguna vez guardó los autos de carrera de Felipe. Con las instalaciones de plomería ya listas, el espacio podría convertirse en una casita de huéspedes, un estudio o un gimnasio.
Casa Dos Gatos fue construida para una familia. Después, Deborah y sus dos gatos la hicieron suya. Íntima y abierta, vertical y silvestre, misteriosa en las escaleras y dorada a las cuatro de la tarde. El librero ya está lleno. El jardín ha crecido.
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Datos de la casa
- Recámaras
- 3
- Baños
- 4.5
- Construcción
- 434 m²
- Terreno
- 708 m²
- Amueblada
- Sí
- Vista
- Sí
Jael Menendez
Real Estate Agent
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Propiedad: Casa Dos Gatos
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